Casiodoro

@casiodoro.bsky.social

Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen. Novum Vivarium Imaginarium, Aragón, España

Cuesta más odiar a quien has llegado a conocer por dentro, aunque sea inventado. La buena ficción amplía tu horizonte moral: te hace ver el lado más humano de el malo de la historia. Leer es la forma más barata de dejar de deshumanizar.

El odio, la ira y el miedo surgen y se provocan más fácilmente que la alegría, y duran más. En las redes el algoritmo promociona lo negativo porque engancha más. Las redes no están sesgadas a izquierda o derecha. Tienen sesgo hacia el cabreo y lo bajuno. Como el fascismo.

"Je est un autre", escribió Rimbaud. Yo es otro. El yo no es un dato con el que naces: es un logro, una historia que el cerebro teje sin descanso para sostener la ilusión de que hay alguien al mando. No tienes una identidad. La narras cada mañana.

Nadie te prohíbe hoy opinar. Simplemente aprendes, escarmentado, qué temas cuestan seguidores, clientes o empleo, y los rodeas. La autocensura no necesita un censor: necesita un mercado que castiga. Y jurarás, sinceramente, que dices lo que piensas.

Prohibir la droga no evita lo esencial: que en nuestra cultura el ser humano entero se quiere reducir a una máquina de rendimiento que debe funcionar sin fallos. La droga es la consecuencia. Lo grave es reducir estar vivo a estar y funcionar bien. Volvamos al ser por encima del estar.

No hace falta irse a una isla desierta. Basta con mantenerse aparte por dentro: mirar al mundo con ojos de forastero sin marcharse de él. Conocer al enemigo, que no es el mundo, sino los canales manipulados por los que nos llega. Ver lo que hay desde lo que aún podría ser.

McLuhan dijo que el medio es el mensaje. No solo transmite ideas: nos impone en secreto una idea del mundo. La pantalla no te dice qué pensar. Te enseña, sin palabras, cómo pensar: en menos de 300 caracteres, deprisa, superficialmente. Como si el mundo fuera así.

Simone Weil dejó la filosofía para trabajar en fábricas. Débil y enferma, la despidieron por no dar el ritmo. Escribió a una amiga, asombrada: aquí no he oído a nadie hablar ni una sola vez de problemas sociales, ni de sindicatos, ni de partidos. Los trabajos alienantes.

Ninguna idea nace limpia dentro de mí; toda idea es un cruce inestable entre mí mismo y lo que me cruzo en el camino. Por eso los artistas odian que les pregunten cuál fue su inspiración, como si el origen fuera un solo punto. No somos fuentes, somos la confluencia de ríos.

En el 15M todo aquel tuiteo tuvo un único efecto que importó: hizo que la gente se sentara en una plaza y empezara a hablar. La red convocó; el poder estaba en el espacio físico, en los cuerpos juntos. Lo instantáneo dispersa. Lo que transforma tarda y tiene un lugar y un cuerpo.

El diccionario define la idea de «traición» en pocas palabras, y la entiendes. Una novela te mete en la cabeza del traidor —sus dudas, sus coartadas, su sensación de tener razón— y ya no la entiendes: la experimentas. Es la diferencia entre leer redes sociales y leer novelas.

Cuando los temas más graves —la muerte, la justicia, la guerra— solo circulan si caben en un formato ameno, no es que los simplifiquemos: es que dejamos de poder pensarlos. Hay realidades profundas que no sobreviven al paso por la pantalla. Y las perdemos sin notarlo, sin duelo.

La izquierda ha conseguido permisos, no derechos. Un derecho da acceso a un poder a costa de otro; un permiso no le quita poder a quien lo da. Divorcio, aborto, homosexualidad, etc. han sido permisos. Vivienda y salarios pierde el capital, son derechos.

Es ingenuo esperar que toda crisis abre un espacio a la izquierda. La reacción más espontánea al trauma es el pánico, y el pánico es «vuelta a lo básico»: las premisas del sistema no se cuestionan, se reafirman con más violencia. El miedo sopla a favor del fascismo.

Puedes elegir entre mil canales y encontrar en los mil el mismo marco de lo pensable. La abundancia de opciones convive con una escasez asombrosa de premisas distintas. Nos han dado mil ventanas y casi todas dan al mismo patio. Y a eso lo llamamos pluralismo.

Con la religión no se fue solo una creencia: se fue la idea de que el universo, entero, estaba dirigido a nosotros. Se puede celebrar esa salida y admitir al mismo tiempo que ha dejado un silencio enorme sin ocupar.

El mundo del que queremos huir no está fuera sino dentro, en nuestras propias ganas de encajar, de vencer, o de rendirnos al dolor. Por eso la vida intelectual no tiene tanto un objeto como una dirección: hacia lo real bajo la ilusión, hacia lo auténtico.

La pantalla te da información a raudales. El libro te obliga a hacer algo más raro y más valioso: detenerte, volver atrás, especular, dudar. Por eso la informacón abunda y el pensamiento escasea. Lo fácil siempre desplaza a lo que cuesta, aunque lo que cuesta sea lo que te forma.

«No conozco ningún grupo que no incluya, entre sus ideas corrientes, una enorme dosis de mentiras», escribió Yves R. Simon. Decir no a todas, también a las que brotan en uno mismo, es adentrarse en un desierto sin caminos ni agua. Allí te abandonan hasta tus seres queridos y te esperan tus enemigos.

En el siglo XX los jóvenes se liberaron de la tiranía de los adultos pero ahora están en algo peor: la tiranía de su propio grupo. Mirar el móvil todo el día no les ha hecho libres: ha multiplicado la presión de los iguales. A los mayores se les desobedece. Al grupo, jamás.

El buen profesor no transmite contenidos: hace que la materia hable. Se aleja un poco de sí mismo y deja que el alumno y el asunto se encuentren. Por eso su trabajo es tan difícil de medir: estás evaluando algo que, por definición, nadie puede garantizar.

Amar es dejarse alcanzar por alguien a quien no controlas y responderle sabiendo que va a cambiarte. Todo lo que hacemos para volver el amor previsible y seguro trabaja, sin querer, contra el amor.

"Ser" o "tener" un cuerpo: cuando el cuerpo se "tiene" pasa a ser un objeto que hay que corregir y la autoalienación toma forma concreta: espejos que no perdonan, rendimiento medido en pasos, una vigilancia que no descansa. No es vanidad. Es haber dejado de vivir dentro de uno mismo.

Fin de las vacaciones. «Los hombres van lejos a admirar montañas, olas, ríos, estrellas, y se dejan a sí mismos sin admirar», escribió San Agustín. Lo más grandioso que pueda contemplarse, lo más hermoso e inabarcable cabe, entero, en uno mismo y en su prójimo.

Soledad en la red. Conectar no es encontrarse. Conectar es intercambiar información entre unidades que no cambian: un like, un share, un enfado. Encontrarse es corporal, ambiguo, lento, y sales distinto de como entraste. En un encuentro cambiamos los dos.

Ojalá después de la crisis de los influencers llegue la de los tertulianos y la de los columnistas, que para opinar de lo que no se sabe por tu nombre o tu cara bonita ya están las redes sociales. No pasará. Vamos en la dirección contraria, dando alguna vuelta.

Crees que lees ficción para escapar, pero cada novela te devuelve con más herramientas para entender a los demás. El escapismo es la tapadera. Por debajo, sin que te enteres, estás entrenando las capacidades para vivir como humano entre humanos. La ficción es un simulador.

Unamuno, ante los franquistas en Salamanca: «Venceréis, pero no convenceréis». ¿Es todo lo que la izquierda sabe decirle al capitalismo triunfante? Convencer y perder igualmente. No basta con manchar al poder, con calificar o insultar. Hay que tomar el poder.