Patricia García-Rojo

@patriciagarciarojo.bsky.social

Escritora de Literatura Infantil y Juvenil y a veces poeta

Necesitáis probar esta receta de Nacho: dados de calabaza al horno con aceite, orégano, pimienta, romero, jengibre en polvo, comino y curry. Se le añaden unos cherrys y se dejan 20 minutos a 200°. Después se desmiga un rulo de cabra encima y se deja 10 minutos más. De muerte.

Leo duerme con las piernas sobre mí. Es domingo y un chico me ha reconocido en el tren: "Leí _el mar_ y me encantó", me ha dicho antes de sentarse a leer una novela viejísima con un lápiz en la mano. El atardecer de Madrid ha sido glorioso, fucsia y naraja, helado. Adoro el frío.

La luz despierta tímida mientras Leo y Nacho duermen entre el revuelo de sábanas y mantas. Se anuncia su fuego en la distancia, lívido entre los eucaliptos. Yo pienso en mi amiga, planeo el desayuno, acallo los ruidos de la obligación. Me abrazo a la paz de los que amo.

Castañas y migas, rábanos y tés calientes, huesitos de santo y buñuelos, castañas y avellanas, higos secos y pan de higo, carne de membrillo y gachas... Me encanta la gastronomía asociada al día de Todos los Santos, es una celebración del otoño en su versión más hogareña.

de la nada viene y se agarra a mi costilla "temblor, temblor minúsculo, ¿qué esperas?" al lobo le acaricio las orejas heredé el miedo de la tumba de los versos de un poeta "pero hoy no, fuga escondida, hoy no tememos prisa" hay fuegos que no queman.

Leo hace diez meses hoy, más tiempo fuera que dentro de mí. Para celebrarlo, hace el "pon pon" con sus manitas preciosas y mira a su papá con sorpresa porque se ha cortado la barba. Yo abandono las correcciones de la última novela que escribimos juntas y vuelvo a mis mugres.

Hace un año habría pasado esta primera tarde de otoño bordando ante una película o quizá escribiendo sin tiempo ni pausa con una infusión y una vela. Hace un año habría deseado estar justo donde estoy: durmiendo la siesta con mi hija sin tiempo para otra cosa que no sea amarla.

Hace unos años, cuando empecé en este oficio, era lo bastante ingenua como para creer que, si un editor no te toca ni una coma del manuscrito, es buena señal. Con el tiempo he aprendido que me equivocaba. No solo es positivo que te sugieran cambios; a veces también es necesario.

Qué difícil retener el deseo de escribir cuando se despierta, qué difícil abandonar las teclas para volver al mundo, para volver a ser yo y no la narradora, para ser la mamá de Leo y abrazar la dulzura. ¡Qué confuso ser a la vez tantas y ninguna! Y, sin embargo, qué felicidad.

Cuando puedes hablar de literatura, cuando puedes hablar de tu pasión en un escenario en el sabes que no te tomarán por loca, cuando ves las miradas y sabes y saben... ¡ay, qué placer entonces desnudarse de la máscara de lo correcto y ser!

La casa está limpia, Leo duerme estirada a mi lado. En sus rasgos serenos se adivina la niña que será mientras suena la música de Jose y Bea en bucle. Los días son iguales, como si andar en círulos nos hiciese más fuertes. La alegría del beso de Nacho, permanece en mí todavía.

"Es una novela en la que no pasa nada", resume mi padre, "No hay argumento, es costumbrista". Yo paso las correcciones al ordenador, preguntándome si alguna vez verá la luz. "400 páginas de costumbrismo mágico", reflexiono, "White academia". Cuesta abajo y sin frenos voy...

Sale mi abuela con la reedición de _La Fábrica Creátor_ en las manos y me dice: "Niña, es distinto, pero este ya lo he leído yo, ¿no?". ¡Qué fascinante la memoria! Mis padres le dan a releer una y otra vez las mismas novelas y las olvida, pero mi primer libro no, mi primer libro vive dentro de ella.

Reedición de _La Fábrica Creátor_ con la edirial La Esfera Azul. En la foto se observa la novela cerrada, su cubierta tiene tonos crepusculares y presenta a Carlos, el protagonista, de espaldas al lector con un pequeño dragón surgiendo de su mano. Una sirena y un dragón mayor lo contemplan creando un arco que enmarca la tipografía de la cubierta. De las páginas cerradas del libro salen recortes de fotografías antiguas y cómics clásicos repartidos por todo el canto: murciélagos, árboles, planetas, una sirena, un marciano, flores, la reina de las hadas, un robot de juguete, un peluche, un león haciendo equilibrio sobre un elefante... y piedras, piedras brillantes y pequeñas que se alejan del libro creando un camino desigual. Pasé la tarde haciendo el collage sujetando los recortes entre las páginas, intentando crear la sensación de fantasía que encierra el mundo que hay dentro de la novela, la amalgama de temas e historias... Estoy contenta, creo que quedó bonito, evocador y divertido.

Mi abuela vuelve a leer _Yo soy Alexander Cuervo_, pero para ella es la primera vez. Ya no recuerda mis novelas y se sorprende genuinamente con esta. Cada día me comenta que ha leído un poco más y, con ojos brillantes de admiración, me repite: "¿Cómo se te ocurren estas cosas?".

Nacho y Leo duermen cara a cara en este amanecer pálido. Soy la reina de mi lado de la cama. Los ruidos del mundo se desperezan tras sus respiraciones. Es lunes y ensalzaremos la rutina con nuestros quehaceres. Pero primero habrá besos en el desayuno, y risas.

Leo duerme, Nacho ha terminado de escribir su diario y yo me uno a ellos tras corregir un capítulo de mi novela y leer varios de la de Amor Towels. La casa está a oscuras y llegan desde lejos los ruidos de las vidas de los vecinos. La felicidad y la paz se me parecen.