—Perséfone no se aparta, pero sí baja los pies al suelo y lo mira a los ojos, manteniendo el rostro alzado para ello. Sus manos se deslizan lentamente sobre el pecho del otro dios—. Neo entonces. Pero me gustaría ser el único que puede llamarte así... ¿Me darás ese capricho?
Su cuerpo se estremece en el preciso instante en el que sus labios rozan su mejilla, sintiéndose casi sorprendido por el efecto que Perséfone tiene sobre él. No desea que se aparte; quiere atesorar esa cercanía por si en algún momento se le escurre entre los dedos. ——Neo suena moderno, me gusta.